Nada se opone a la noche. Luz, oscuridad, luz.

nada se opone a la noche

Que nadie se lleve a engaño. No quiero que salga de mi boca eso de “te lo dije” (expresión muy de madre, placentera de decir y odiosa de escuchar).

 

Este libro duele. Como hurgar en una vieja herida. Como revisar sus cuadernos adolescentes. Como recibir la visita de viejos fantasmas.

 

Y sin embargo, es hermoso y está lleno de amor, compasión, ternura y hasta humor negro.

 

Es, sobre todo y como reza su contraportada (no he encontrado mejor forma de definirlo, lo siento) un bello canto de amor filial.

 

Novela autobiográfica escrita en primera persona, es el desesperado intento de una hija por descubir los motivos del suicidio de su madre, mujer fascinante y exasperante aquejada de un trastorno mental.

 

Como dijo ese señor ruso y muy serio que escribía como los ángeles “Todas las familias felices se parecen entre ellas; pero cada familia infeliz es diferente en su desgracia.” Nada se opone a la noche es una celebración de esta diferencia. Vital, desgarrada y cruel, pero celebración al fin y al cabo.

También es un libro que nos enseña, sin adoctrinarnos, a perdonar y a amar a nuestra familia, aunque no siempre sea como querríamos que fuera. O por lo menos a aceptarla, que ya es algo.

 

La novela arranca en el París de los años 50, dibujando un retrato luminoso de lo que parece ser una familia feliz compuesta por nueve niños preciosísimos y rubísimos, una madre entregada y un padre dispuesto a comerse el mundo. La primera parte del libro es un intento de visualizar la infancia de la madre y de descifrar las claves de lo que acontecería después. Tiene algo de literatura policiaca por la investigación de los testimonios, fotos, vídeos en Super8 y cintas de cassette que la autora realizó para intentar componer el puzzle de su crónica familiar.

 

Esta estampa perfecta va degenerando en la segunda y tercera parte del libro: los niños crecen y comienzan a surgir las preguntas, los secretos y claroscuros propios de toda historia familiar. Hay sucesos terribles. Hay silencios aplastantes. Hay actos imperdonables. Y, sobre todo, hay que aprender a vivir con ello.

 

La historia continúa con el nacimiento y la crianza errante de la autora bajo la tutela de su difícil progenitora, y su posterior madurez marcada por el pasado. De Vigan no juzga a nadie, no esconde nada en un ejercicio de catarsis tremendamente impúdico, valiente y doloroso. Es más: dice que escribe por y para eso.

 

Finalmente, la novela es también una reflexión sobre el acto de escribir y sobre las mil caras de la verdad.

 

Mujer de prosa certera y delicadísima, Delphine de Vigan parece tan rubia y tan frágil como lo fueron su madre y sus tíos, víctimas de un padre autoritario y de moral relajada.

 

photo-delphine-vigan

 

Una de las cosas que más me ha gustado de la novela es que está llena de esos detalles y símbolos que salpican y marcan la memoria femenina: imágenes, objetos, olores y conversaciones que crean un ambiente íntimo, muy cercano y vivido. Una falda que compra la madre, la abuela untándose el cuerpo de crema Nivea, el peinado de un hermano, el espejo de un baño en el que tantas veces nos hemos mirado. Pequeñas cosas que pueden llegar a significar mucho.

 

Como casi todas las cosas que merecen la pena en esta vida, Nada se opone a la noche no es un libro fácil. Estoy totalmente convencida sin embargo, de que es un precio que merece la pena pagar.

 

Y por todo esto, por usted y también por su madre, debería leerlo.

 

Si quiere, claro.

 

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